Historias cotidianas que solemos ignorar

Migraciones

La niña que recogía café

Juli Orellana es de una familia pobre de Honduras, migró a España para ayudarlos

“Mis padres nunca han sido de una economía alta, mi padre es jornalero y nos hemos criado humildemente. Soy la mayor de cinco hermanos, todos chicos. Vengo de un país machista que se piensa que no es necesario que la mujer estudie porque a los 18 años se va a casar y se va a ir de casa. Muchas se quedan embarazadas a los 15. Lo tuve difícil para estudiar, recibí una beca por mis buenas calificaciones de una asociación americana –Ministerio Sal y Luz– pero alcanzaba para poco: uniforme, útiles escolares. Mi madre se endeudó para que mis hermanos y yo pudiéramos estudiar. Iba caminando a clase, una hora para ir y otra para volver, porque no tenía para el transporte. Estudié contaduría y finanzas, pero no encontré trabajo y aquí esos estudios no valen. Me agobié, no nos alcanzaba”.

“Soy de una aldea de montaña de doscientos o trescientos habitantes. Vivíamos en una casita de madera muy precaria y los voluntarios americanos de la asociación nos construyeron una casa mejor: dos habitaciones, un pequeño salón y un baño. Yo dormía con todos mis hermanos. Nunca he tenido una habitación para mí sola hasta que fui interna”.

Alba Julissa Orellana tiene 23 años y es de Honduras, de la zona de Santa Cruz de Yojoa. Todo el mundo la llama Juli. Nos vemos en El Retiro. “Estamos aquí porque no soy una chica de ciudad, vengo de una aldea perdida entre montañitas. Para mí una puesta de sol, ver árboles o escuchar a los pájaros es reconfortante. Estar aquí me gusta”, dice mientras mira alrededor. “La naturaleza nunca me va a aburrir, es lo más bonito”.

Juli acaba de llegar del trabajo. Son las cuatro de la tarde y todavía no ha comido. De eso me entero cuatro horas después, cuando terminamos la entrevista. Es pequeñita, por momentos parece una niña, pero no lo es. Tiene un hablar discreto, casi tímido, pero una vez que arranca no para. Tiene mucho que decir. Su acento también es discreto. Da la sensación de que no quiere llamar la atención. 

Según el Banco Mundial, Honduras es uno de los países más pobres y desiguales del hemisferio occidental. Antes de que llegaran la pandemia de covid y los huracanes Eta e Iota, que agravaron todavía más la situación, un cuarto de la población vivía en situación de pobreza extrema y la mitad vivía en la pobreza –sin el extrema de apellido–.

Recolectar café

“Cuando era la temporada de café nos íbamos toda la familia a recolectarlo. Es algo que he hecho desde pequeñita, desde que tengo recuerdo. La temporada dura desde octubre hasta diciembre o enero. Estabas todo el día y cada vez pagaban menos porque el café no se vendía muy bien; ahí los que se llevan la parte son los jefes, nosotros éramos solo los obreros. El trabajo en el campo es muy duro, se pasa mal, las jornadas son interminables y todo el día de pie”.

“El trabajo era en montañas empinadas, te sostenías entre los árboles de café para no caerte. El sol lo soportabas, pero las tormentas eran tremendas y después te pasabas todo el día mojado. Para trabajar tenías que llevarte un sombrero y tus peores ropas. Llevas un cuenco amarrado a la cintura, recolectas el café con las manos y lo echas ahí. Te tocaba un surco y cuando terminabas cogías otro. Después cargabas el café en sacos, te los ponías en la espalda y los bajabas. En un día llegué a recoger más de cincuenta kilos y me sentía una estrella”.

“En la montaña hay bichitos, serpientes, tienes que tener cuidado porque aparecen y te pican. Desayunas fuerte porque si no te desmayas ahí arriba. Intentas desayunar arroz y frijoles. Si eres de familia pobre, el desayuno la comida y la cena es eso: arroz y frijoles. Y eso si es que tienes. Si no, te comerás una tortilla con sal porque no hay dinero ni para el arroz. Como en la montaña no hay microondas, la comida que te has traído de casa te la comes fría y si había llovido comías mojada y temblando”, dice mientras hace temblar sus brazos y piernas. “Toda mi aldea trabajaba en eso. No sé dónde exportaban el café, dónde lo vendían. Aquí vas a Mercadona o a cualquier supermercado y compras tu cafecito y nadie sabe que detrás del café hay sufrimiento”.

“El café es mi muerte y mi salvación. Creo que bebo café desde los 6 años o antes, me gusta. Allá el café es lo único que hay. Ver alguna galleta, un litro de leche o cereales era como que te abría las puertas del cielo. Aquí te aburres de beber leche, pero allá es para ricos”.

Miedo a ir a Estados Unidos

“Yo no me veía futuro. Me quedaré igual que mis padres y no quiero eso para mí, pensaba. Si me hubiera quedado, ahora estaría con marido y tres hijos. No quería eso, quería superarme, viajar, conocer mundo, culturizarme y ayudar a mi familia –cosa que sigo haciendo– para que dejen de vivir en la pobreza. Tiene que haber algo más que esto, pensaba. Una vez le dije a mi madre: no me pienso morir en Honduras”.

“Para venirme pedí un préstamo a mi madrina, la esposa de un tío mío que estaba en Estados Unidos. Elegí venir a España porque mi hermano ya estaba en Estados Unidos cuando me vine. Había dormido en la calle, tuvo que saltar al tren que llaman La Bestia, pasó hambre; todo eso antes de llegar a Houston, que es donde está ahora mismo. Allá tiene un trabajo y también ayuda a mis padres. Mi padre intentó irse a Estados Unidos y fracasó las dos veces que lo intentó. Lo cogió la migra –los de inmigración norteamericanos– y lo tuvieron retenido, contaba historias horribles”.

“No me quería ir a Estados Unidos por todo lo que habían pasado ellos, además me podían violar, podía perder la vida, vas expuesto a todo. Vamos, que fui una cobarde y por eso preferí venir a España, que al menos puedo ir en un vuelo como turista. Al mes de cumplir los 19 años me vine para Madrid. Nunca en la vida había volado ni me había separado de mi familia. Fue muy difícil y doloroso. La incertidumbre, qué hago yo ahora, para dónde voy, me estoy yendo a otro país y ni conozco la capital de Honduras. Llegaré a España y podré trabajar, pensaba. Traía una idea un poco errónea. Allá lo ves color de rosa y no te das cuenta de lo mal que lo pasa uno aquí”.

De sofá en sofá

“En Madrid me vine a casa de una mujer que era amiga de mi madrina. Le pidió el favor y ella me acogió, no muy conforme, por un mes. Viví en su salón, en el sofá. No tenía suerte buscando trabajo hasta que por una chica de mi aldea empecé en la limpieza de una casa. Pasé hambre, el dinero no me llegaba porque siempre le he mandado a mi madre para que pagara la deuda que contrajo para que estudiáramos. También tenía que pagar la deuda que tenía con mi madrina –la terminé de pagar a los tres años–. En aquel tiempo me compraba un pollo de esos preparados del Mercadona y una barra grande de pan. Cada día comía un poquito, intentaba hacer una comida al día para no tener que andar gastando dinero”.

“Fue difícil limpiar casas, allá no tenía lavadora ni lavavajillas ni microondas ni olla a presión ni tostadora. La cocina la teníamos fuera de la casa: un horno de barrito. Allá solo había utilizado la lejía, no sabía del resto de productos. Para mí fue un shock encontrarme con todo lo de acá. Para no perder el trabajo no dije que no sabía y la cagaba a cada rato. A la limpieza he ido aprendiendo con el tiempo”.

“Aquí te encuentras como a la deriva. Del primer sofá pasé a otro, lógicamente”, dice con una risa discreta. “Pasas de sofá en sofá porque una habitación, con lo cara que es, no te la puedes costear. Iba de salón en salón por unos meses y luego me fui de interna. Fue la primera vez que tuve un cuarto para mí. El trabajo fue horroroso, agobiante, hay mucho estrés, esa fue mi experiencia. Te tratan como una mascota. Te dicen entra al coche, que nos vamos, y no puedes ni preguntar a dónde. Tenía que encargarme de los niños –seis hijos– y de la casa –era preciosa, tenía tres plantas–, estuve tres años y medio con ellos. El día no daba, había mucho que hacer. Trabajaba de ocho de la mañana a diez de la noche y había días que hasta las doce. Como no tenía experiencia, empezaron pagándome ochocientos euros. No sabía hacer casi nada, en esto estamos claros”.

“Por la noche me iba a encerrar al baño a llorar porque no podía con tanta presión, la situación podía conmigo. La promesa fue que ellos me iban a ayudar con los papeles y vino el covid… De lo que ganaba me quedaba cien euros y el resto era para mi madre y mi madrina. Por eso aguanté tanto ese trabajo. Con el covid el sueldo pasó a cuatrocientos euros, me dijeron que tal y como estaba todo no me podían pagar más. Y luego me dijeron que no podían seguir contando conmigo. Me quedé sin trabajo y no me ayudaron con los documentos. Así que mis primeros papeles los inicié sola, sin abogado ni nada porque no tenía dinero para pagarlo, pero las cosas no fueron bien y me anularon la residencia, el número de la seguridad social. Perdí todo eso…”.

“Me busqué la vida y una mujer me ayudó, empecé a dormir en su sofá”, dice con la misma sonrisa tímida. “Allá he vivido hasta hace unos mesecitos. Le daba cien eurillos por el salón. Me consiguió trabajo con ella en un bar. Me daban cuatrocientos euros porque decían que el bar no iba muy bien. Trabajaba de doce a cuatro y de ocho a doce o una todos los días menos el lunes. Lo dejé porque no podía seguir así y entonces me dijeron que era una desagradecida, que ellos me habían enseñado. Al final me quedaron debiendo quinientos euros”.

“Buscas trabajo y no encuentras, y a veces es porque no te dan la oportunidad porque no tienes papeles. Veo en el metro tanta gente española pidiendo dinero y digo qué hacen pidiendo, tienen la documentación; ya quisiera yo poder tener papeles”.

Recibir y dar ayuda

“Conocí a Andrés, que me presentó a Vicky. Gracias a ella empecé a trabajar en una cafetería, pero tuve que dejarlo por no tener los papeles… había vuelto a ser ilegal. Vicky me presentó a un abogado de la Cruz Roja que es quien me está ayudando ahora con mi documentación, he vuelto a empezar el proceso para tener los papeles. Vicky iba a Bocatas y empecé a ir con ella. Esta gente me ha apoyado un montón, me han acogido como no hay idea. He encontrado otra familia más. Desde que fui he estado ayudando de voluntaria en lo que puedo y he descubierto un mundo bonito. Hemos cocinado para la gente de Cañada Real, para personas sin hogar, para familias. Ayudo en el reparto de comida, hacemos cajas para las familias que no tienen que comer. Las cajas se llenan con lo que donan a la parroquia Santo Tomás Apóstol y con lo que llega del banco de alimentos”.

“Desde que llegué a España no te he hablado de un amigo hasta que llegó Andrés. Estuve 2018, 2019 y 2020 sin amigos. Tu único amigo es el móvil, no hay otra historia. Si era mi día libre prefería quedarme en la casa todo el día. Pasaba horas reflexionando pero tenía tantos líos en la mente que prefería no pensar. Por una parte aprendí a vivir con mi soledad, es cuando aprendes a quererte, aunque pasaba la mayoría del día triste. Te sientes sin amigos, sin familia. Cuando ya tuve amigos me sentí en sociedad, antes me sentía excluida. En Bocatas me decían ¿te falta algo? y me daban una cesta de comida. Ellos y el abogado me ayudaron a pagar el alquiler, los seguros del banco, el abono transporte. Se siente extraño que te ayuden, prefiero ser la persona que ayuda a la ayudada. Te provoca incomodidad porque no estás acostumbrado, sientes vergüenza. Yo nunca he sido rica, siempre clase baja, pero a mí me gustaría tener dinero para ayudar y como no lo tengo ayudo con lo que puedo. También me gustaría ayudar en mi país. Cuando era pequeña no teníamos para juguetes y cuando era temporada de maíz cogía una mazorca que tenía como pelitos y la peinaba como si fuera una muñeca”, dice riéndose y haciendo el gesto de peinar una mazorca invisible. “Nuestra infancia no fue como la de un niño normal aquí. Nunca me he hecho la pregunta de por qué ayudo en Bocatas. Es algo que me nace, me gusta ver a la gente feliz. Te sientes servible, que puedes colaborar”.

“Como estaba sin trabajo, en Bocatas me ayudaron a hacer un curso de cocina y ayer fui a recoger el diploma. Ahora estoy viendo la luz del sol: tengo un novio, mis papeles están en proceso, tengo un trabajito de medio tiempo, amigos. Me siento mejor con mi vida en comparación a como estaba antes. Siento que estoy logrando objetivos y que la gente que tengo alrededor me apoya. Me están pasando cosas buenas y a veces pienso que no las merezco o que en cualquier momento van a desaparecer”.

“Conocí a mi novio en el bar que trabajé. Es fontanero y ahora vivo en casa de su abuela. Yo de sofás ya”, dice riéndose. “La abuela vive en el primero y mi novio y sus padres en el segundo del mismo edificio, así que ahora vivo con ella y no pago alquiler. La convivencia muy bien, después de tanto tiempo he aprendido a tener paciencia aunque no quiera. Soy como una más en casa y ayudo en todo”.

“En el curso de cocina empecé a hacer unas prácticas y me las cancelaron por no tener los papeles. Me vine abajo. Llorar te libera un poco pero hay que seguir, es lo que hay. A la muerte no me puedo tirar porque vine con un propósito que es ayudar a mi familia. Y aquí seguimos. Tocaba buscar trabajo nuevamente y uno de los clientes de mi novio tenía a su madre que necesitaba ayuda. Trabajo con ella de diez a tres y media y la señora es muy amable. Limpio la casa y la acompaño. Estoy con ella mientras me salen los papeles y lo sabe. Ahí buscaré un trabajo con documentos y seguridad social porque no me da con lo que me paga”.

“A mí me gusta leer, novela más que todo. Es otro mundo, me olvido en el que estoy y siento que soy la protagonista. La música es mi droga. Escucho música para sentirme fuerte y la que más me gusta es la electrónica. Solo quiero sentirme bien y ¿sabes lo que me hace sentir bien? Ayudar a la gente. Intento mejorar cada día como persona; a veces lo consigo, a veces no, pero ahí voy”.

“Con esta entrevista quería profundizar un poco en la inmigración. Mucha gente de nuestros países cree que estás aquí de puta madre y no es así. Y acá necesito que tomen más en cuenta a las personas inmigrantes, que te den la oportunidad de conocerte, que no te etiqueten, que te den un trabajo”.

“Tengo unas ansias de ver a mi familia que no te imaginas. Quiero ir pero no puedo hasta que tenga los papeles y esté un poquito más establecida aquí. A mí familia no les cuento las verdades de lo que estoy pasando. Si en algún momento no he podido enviarles dinero les he dicho que no tenía trabajo, pero no les digo lo que hay detrás porque les causaría un dolor innecesario”.

“Me ha gustado el curso de cocina y me gustaría seguir trabajando de eso. Aunque a mí trabajo me da cualquiera, el que sea. Con mi novio el plan es ahorrar e irnos a vivir los dos. Yo no había soñado una vida para mí, siempre he soñado una vida para mis hermanos y mis padres. Mi sueño es que mi familia esté bien, que estén felices. Quiero que mis hermanos lleguen más lejos que yo, que se realicen, que mi padre deje de trabajar tan duro y que mi madre salde sus deudas, que descansen tranquilos y disfruten un poquito. Mi vida ya la resuelvo yo, es lo que he hecho desde que llegué hasta acá”.

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