“Yo me fui a vivir a Copenhague con mi exnovio. Él era de allí pero le conocí aquí, era saxofonista. Cuando llegué me puse a buscar curro”.
–¿Cuántos años tenías?
Se queda callada, gira la cabeza hacia una de las paredes del salón, clava la mirada en el vacío y piensa.
–26.
Justo el padre de Mariana, Carlos, pasa a preguntar si necesitamos algo. Que lo llamemos si queremos confirmar una fecha o algo.
“Yo soy gestora cultural. Hice historia y ciencias de la música, luego hice un máster de gestión cultural. Copenhague es una de las capitales más caras de Europa. Hacía algo de gestión cultural pero de donde venía el dinero fue de cartera, era lo que me alimentaba. Copenhague está hecho por y para las bicicletas. Encontré trabajo como cartera en bicicleta”.
Mariana habla despacio. Abre la boca y va pronunciando lentamente. Traga. Piensa.
“Yo hablo más despacio. Antes, además, hablaba superrápido”.
“El 19 de febrero de 2008 llevaba un año y pico. Me había comprado hasta una casa con mi novio. Una mañana iba a trabajar y en un semáforo se saltó el disco el el el el menda (un coche) y me atropelló. Todos los sueños que teníamos con la casa y con todo se fueron al garete”.
“Soy Mariana Morales Olaya”.
–¿Cuántos años tienes?
–¿En qué año estamos?
Se queda callada, gira la cabeza hacia una de las paredes del salón, clava la mirada en el vacío y piensa.
–Ah, espera, tengo 44. Soy de Madrid, pero vivo en Majadahonda con mis padres, soy hija única.
Secuelas: la memoria borrada
Su madre, Gloria, vuelve a casa después de hacer deporte: “El problema de Mariana es con la memoria a corto plazo”.
“Tuve un traumatismo craneoencefálico severo”, continua Mariana con la mente en Copenhague. “Un golpe en la cabeza. De un año y medio más tarde no te puedo contar nada. Como vacío. Es que no me acuerdo ni de mi casa que la había puesto con tanto amor con mi pareja. No tengo recuerdo ni siquiera del tiempo de antes, haberme ido a Copenhague. Recuerdo estar con mi pareja, es muy fuerte no acordarte de una persona y yo casi no lo recuerdo. No recuerdo estar en el hospital”.
Se queda callada, gira la cabeza hacia una de las paredes del salón, clava la mirada en el vacío y piensa.
–Te quería decir los nombres de los hospitales.
–No hace falta.
–¡Papá! –dice Mariana girando ligeramente la cabeza hacia la zona de la casa donde sabe que está su padre. No es un grito, solo sube un poquito el volumen. Es un grito chiquito.
“Volvimos el 22 de mayo de 2009”, dice su padre que aparece por la puerta lateral del salón. “Estuvimos quince meses allá. Mariana no tiene afasia, aunque tiene algunos tropiezos lingüísticos. Su evolución ha sido muy grande: de no poder hablar, escribir, andar. Ha evolucionado muy bien con el lenguaje, durante bastante tiempo se comunicaba a través de un teclado. Fue un proceso. El proceso fue siempre en positivo, con más o menos tropiezos pero en positivo. Llevamos dieciocho años en el proceso”.
“No he vuelto a hablar con mi expareja”, dice Mariana cuando su padre nos ha dejado solas otra vez. “Ha sido un poco raro porque nunca me ha dicho te dejo”.
–¿Te gustaría hablar con él?
–No, no me gustaría. No sé. Es que solo me salen insultos. Por otro lado también entiendo que estar con una pareja como he estado yo, pues no.
“Después nos fuimos a Galicia al centro de Foltra de daño cerebral. Yo tengo daño cerebral adquirido. Voy en silla de ruedas. Por mi casa camino. Ahora estoy en la silla (manual) porque la he cogido para hablar contigo. Por la calle voy en silla también. La de la calle es electrónica”.
–¿Qué me has preguntado?… ¡Papá! –el grito chiquito–.
–Tiene afectada la memoria y el equilibrio –dice su padre, que asomó por la misma puerta lateral respondiendo al llamado–. Camina con ayuda. La parte cerebral afectada es la del equilibrio y por eso no puede dar un paso sin ayuda porque se cae.
“Ha sido una cosa lógica”, dice Mariana mientras su padre se va. “Te han atropellado y es de lógica que ahora tengas que estar en una silla de ruedas. Punto y pelota”.
El bucle temporal
“Claro que hay dos Marianas de antes y después del atropello, pero en el fondo sigue siendo Mariana. Se fomenta el estar todavía viviendo en casa de mis padres. Es como si nunca me hubiera ido. En el fondo estoy como cuando terminé el máster y me iba a Copenhague”.
“Soy músico además. Mis padres son músicos los dos y por defecto de fábrica salí músico. Tocaba el violonchelo pero nunca hice conservatorio. Estuve con el chelo desde los 9 años. Ahora no toco porque estoy casi todo el tiempo con terapias y cosas. De pequeña cantaba con mi madre en esta casa que me ha visto crecer”.
“Yo vivo en casa de mis padres, soy hija única, y eso es un punto importante porque no pongo el desayuno, la mesa. O pongo los platos, pero es poner tres platos. Tengo una vida muy fácil para ser discapacitada. Me siento muy cuidada, excesivamente cuidada. Todo eso me lo da mi situación, tus padres se vuelcan contigo en todo, en todo absolutamente”.
“Por un lado soy hija única y vivir independiente sería compartir con alguien la vida, ojalá tener pareja. Ojalá. Es muy difícil. Llevo dieciocho años sin sexo. Me gustaría como a cualquiera. No he tenido pareja en dieciocho años. Es mucho tiempo. Me gustaría ser madre, cuando era pequeña soñaba con tener muchísimos hijos”.
Se queda callada, gira la cabeza hacia una de las paredes del salón, clava la mirada en el vacío y piensa.
“Es muy difícil. Ahora sueño con estar bien yo. Es difícil contarlo después del atropello. Quiero las mismas cosas que cuando tenía 25 años. Me deja pensando si soy lo suficientemente madura porque quiero las mismas cosas teniendo 44 que con 25”.
“La salud mental diría que me ha afectado, pero me ha hecho más fuerte. Lo positivo es vivir la preancianidad de mis padres. No me gusta nada decir que son ancianos, pero por edad podrían serlo. Poder vivir con mis padres que solo han tenido una hija, que soy yo. Tengo miedo de quedarme sola, sin mis padres, sin mis amigos. De quedarme sola”.
“He aprendido que el amor es lo más importante. El amor es cuidado, atender, querer, adorar. Si ahora me preguntas qué tipo de amor tengo: el de mis padres, por supuesto, el de mi familia y el de mis amigos. Esta entrevista me ayuda a tener las cosas claras como estoy viendo que las tengo. Es un chute de energía para mí”.
–¿Eres feliz?
Se queda callada, gira la cabeza hacia una de las paredes del salón, clava la mirada en el vacío y piensa.
–Sí. Puedo ser más feliz, pero sí soy feliz porque tengo amor por muchas partes.

Y ahora con la silla
“Estoy en una edad en la que la gente no sale o si sale es con sus hijos. Esa es otra. Es un poco solitario. Ya no te llaman para salir a tomar una birra. Yo era una persona supersociable, con miles de amigos y con planes con unos y con otros. Un poco lo echo de menos. Me gustaría, como hacía antes, irme a Malasaña a algún garito y tomar un par de birras, ir a conciertos. Iba a muchísimos conciertos de punk, rock, blues, pop”.
“Echo de menos salir y entrar, estar ocupada. Cantaba con el coro femenino, la orquesta”.
“Uno de mis grandes problemas es que no me relaciono con gente. No salgo fuera de mi núcleo de amigos o mis padres o mi familia y creo que sería recomendable porque el mundo está ahí fuera. Lo peor es la asocialidad, como que una persona no es parte de la sociedad. Yo por mí estaría todo el día en la calle, como era antes”.
–¿Te sientes sola?
Se queda callada, gira la cabeza hacia una de las paredes del salón, clava la mirada en el vacío y piensa.
–Pues…
Se queda callada, gira la cabeza hacia una de las paredes del salón, clava la mirada en el vacío y piensa.
–Tengo que decir que a veces sí. Casi todo el día terapias. Hago fisioterapia con dos fisios. Uno Nacho Perea, en el Centro Monte de El Pilar. Y otro con mi sociedad, Asisa. Todos los días. El primero es el fisio neurológico privado y apoquinamos todos los meses. Hago logopedia, hago terapia ocupacional y psicología. Además hago terapia de mano por el daño neurológico –me enseña su mano derecha que la tiene cerrada sobre el reposabrazos de la silla. Ahora me enseña cómo la abre y la cierra–. Todo me ayuda mucho”.
No tener afasia no ha sido un problema para hacer amigas dentro de esta comunidad. Mariana es vecina de Paloma de Afasia Activa, que la invitó a participar en las actividades que hay en su organización aunque no tenga esta condición. “En Afasia Activa hago coro y teatro”, dice Mariana.
“He mejorado muchísimo. Siempre se puede mejorar. Tengo en mente mejorar pero también estoy un poco cansada, pero es lo que me ha tocado en la vida, así que… A unos les toca dar conferencias o hacer cine y a otros nos toca sufrir un atropello. Así es la puta vida”.
“Mi trabajo es mi recuperación. Todos los días muy duramente. Saco las ganas de mí, de mi familia, de mis amigos. Cuando uno está en esta situación tiene que salir para adelante, no te puedes quedar. Qué difícil, qué duro, pero quiero seguir viviendo y peleando. Hay que seguir”.
“Cuando salgo de casa con la silla de ruedas inevitablemente la gente te mira pensando esa chica tan guapa y tan joven por qué está en silla de ruedas. Y no es que me lo tenga creído, pero sí soy guapa”.
“Tenía nulo contacto con la discapacidad antes de ser discapacitada. Y cuanto más lejos, mejor. Luego te ves en esa situación y ves que eres tú misma con silla de ruedas y te cagas en todo lo que pensaste. No me veo una persona diferente por estar en silla de ruedas. Si mis amigas fueran también en silla sería una más. Antes era una persona muy fuerte y creo que lo sigo siendo”.
“Que me vierais como una persona que tiene una discapacidad pero que no es gilipollas. Me jode mucho que me traten como pobrecilla porque yo no soy pobrecilla”.
“Me siento viva. Siento que puedo disfrutar de un montón de cosas como la música, el arte, el amor, el cine”.
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